¿El tomate era tóxico?

Hoy nos parece imposible armar una ensalada, una pizza o unos fideos sin tomate. Pero hace unos siglos, verlo en la mesa no generaba apetito, sino terror. A fines del siglo XVIII, en Inglaterra y las colonias norteamericanas, corrió el rumor de que los aristócratas que comían tomates caían gravemente enfermos o morían al poco tiempo. Por eso se lo empezó a llamar la "manzana de plomo" o "manzana de la muerte".
Pero el tomate no tenía la culpa: la tenía la vajilla. Los nobles europeos usaban platos de peltre, una aleación con un altísimo porcentaje de plomo. El tomate, al ser un fruto ácido, reaccionaba químicamente con el plato, disolviendo el plomo y absorbiéndolo. Lo que los comensales realmente consumían era una dosis letal de plomo — y como no sabían de química, culparon al fruto rojo. Curiosamente, los sectores más humildes, que comían en platos de madera o arcilla, no sufrían ningún daño, lo que aumentó el recelo de las clases altas hacia esta hortaliza.
El mito no cayó de un día para el otro, sino gracias a dos hitos:
- El desafío público (1820): en Nueva Jersey, el coronel Robert Gibbon Johnson se paró frente a una multitud con una canasta de tomates y se comió varios ante la mirada horrorizada de la gente. Al verlo sobrevivir sin siquiera un dolor de panza, el pánico empezó a disiparse en América.
- La revolución de Nápoles: en Italia, la gente con menos recursos empezó a incorporar el tomate en panes planos a fines del siglo XVIII, dando origen a la pizza. Su popularidad terminó por derribar el prejuicio en toda Europa.
La historia del tomate muestra cómo el miedo y la falta de información pueden transformar un gran alimento en un "veneno".